miércoles, 17 de julio de 2013

Cinco vidas en Mugunga

Un grupo de refugiados, en el campo de Mugunga (Goma, RD Congo) | A. R MÁS FOTOS
Un grupo de refugiados, en el campo de Mugunga (Goma, RD Congo) | A. R MÁS FOTOS
  • El de Mugunga es el mayor campamento de refugiados del Congo
  • En este polvorín de miseria malviven alrededor de 60.000 personas
  • 'Nos pedían dinero y si no teníamos nos mataban. Por eso decidí huir'

En el bloque I de Mugunga sopla el viento pero hace tiempo que no vuelan las cometas. La de Patrick, al menos, no consigue verse en el cielo gris plomizo. Probablemente no se eleve nunca. Por culpa de una malformación congénita este niño de cuatro años no tiene extremidades, le faltan manos y pies. No juega con los otros. Sólo llora. "Está perdiendo movilidad y cada vez ve menos", cuenta su madre.
La tienda de campaña en la que vive, la 48, no es muy distinta de las 65 que hay en cada uno de los 90 bloques del campo de Mugunga. Parece un laberinto. Se trata del mayor campamento de refugiados de todoCongo.
En este vertedero de piedra negra malviven alrededor de 60.000 personas. Ruandeses o congoleños, la metralla los obligó a dejar sus chozas de arcilla en el bosque e instalarse en otras de plástico, no mucho más seguras. Guerra tras guerra se han ido sumando miles de personas a esta ciudad de la infamia. Y desde el genocidio ruandés del 94, que llenó esta región de grupos armados, han sido muchas.
"Desde el otro lado del campo las tropas congoleñas lanzan misiles que a veces impactan entre las tiendas", explica Leontine, una de las encargadas de gestionar el campamento y miembro de la ONG Premier Urgence. Nos guía en el recorrido por el bloque uno. Trabaja en este polvorín de miseria humana desde hace tres años y se conoce al dedillo la historia de cada familia. Cada rostro es un relato de lo que va dejando la guerra.
Paul (tienda 24) llegó al campo en 1997 después de que una bala le atravesara la pierna. La última guerra en la que combatió este antiguo soldado de 92 años fue contra las tropas del dictador Mubutu. Sobrevivió a la contienda, pero esta se llevó a sus diez hijos y a su mujer. Le dejó huérfano en dos metros cuadrados de plástico y tristeza. Muerto en vida. Hoy apenas se mueve porque el suelo de lava es cortante.
Como es el más veterano del bloque, todos los vecinos van a ver al sabio superviviente cuando la cosa se pone fea. "Es el que da consejos, unos van para pedirle opinión; otros van a verlo simplemente por el placer de hablar con él", explica nuestra guía. Aquí la mayoría son hutus ruandeses, algunos llevan en el campo desde 1994, y se han ido mezclando con hutus congoleños. Como los dos hablan suahili y kinyaruanda, es difícil saber con certeza su procedencia.
- ¿Qué consejos le da a sus vecinos, Paul?
- "Les aconsejo siempre que tengan una buena cohabitación. No tiene que haber conflictos étnicos. Ya hemos perdido demasiado y ahora nos toca convivir".
Patrick, nacido sin pies ni manos por una malformación. | Raquel Villaécija
Patrick, nacido sin pies ni manos por una malformación. | Raquel Villaécija

Un trozo de pan al día

La guerra de Joseph se repite cada día una y otra vez. Se patea los confines del campo en busca de un mendrugo que dar a sus hijos. Su propio menú se reduce a un trozo de pan. Con suerte es diario, pero cuando no hay reparto de ayuda humanitaria, se tiene que conformar con beber agua.
Joseph tiene siete hijos, dos de ellos son discapacitados. En 2009 todos dejaron la aldea huyendo de las bombas. Les atacaban día y noche. Aunque ahora que han vuelto los combates entre las fuerzas gubernamentales y los rebeldes del M23 en este campo tampoco se sienta seguro. "Aquí al menos hay ONGs que nos ayudan a comer", dice.
- ¿Usted sabe por qué empezó esta guerra?
Está claro que la entiende, porque no contesta a la pregunta. "Nos pedían dinero y si no teníamos nos mataban. Por eso decidí huir, ahora aquí tampoco podemos dormir, no hay estabilidad".
A Antonia lo que le impide dormir es el hambre feroz. El mayor festín que se ha dado en su vida se reduce a un par de patatas y judías. Tiene 45 años, cinco hijos y una bala incrustada para siempre en su alma. El disparo le arrancó la pierna. Las medicinas que tomó cuando le dispararon le provocaron una reacción alérgica y tiene el cuerpo lleno de grandes bultos. Como si la vida no se hubiera cebado lo suficiente con ella. "A veces tengo tanta hambre que no puedo dormir", dice.
El polvo que asfixia a los vecinos del bloque I impide ver cometas en su cielo. Fuera de la choza, un niño intenta alzar la suya. Pelea contra el viento. Como Antonia, Paul, Joseph o Patrick. Le enseñamos a Antonia las fotos que le hemos hecho. Por primera vez su mirada perdida se torna en una sonrisa de rubor. La primera en mucho tiempo
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